Sáhara

Estándar

_MG_4667 _MG_4283 _MG_4205 _MG_3818

¿Qué fue a buscar allí? ¿Qué pretendía encontrar entre aquellos océanos de arena que se extendían alrededor del punto de encuentro donde esperaba el transporte? Ni siquiera sabía si finalmente alguien la iría a buscar al sitio acordado, para llevarla al poblado cuyo nombre repetía mentalmente tratando de recordar su pronunciación. Con desgana, limpiaba de arena el objetivo de su cámara cansada, pensando que quizá no había sido el mejor momento para dejar las cosas allá en casa así, a medio hacer, sin saber en realidad qué quería hacer con su vida, hacia dónde orientar el camino, y cuando elevaba la vista se encontraba sumergida en un mar de arenas azafranadas, en medio de un continente donde cada mañana representa un sinfín de incertidumbres; acurrucada al fondo de los horizontes más lejanos, inabarcables, gobernados sólo por los caprichos del viento, allí, en los parajes más remotos donde ella, ay, sin saberlo todavía, se iba a reencontrar con la vida.

Llegó el transporte, y luego ella entró en aquella aldea africana donde tanta gente la recibió con el corazón abierto y dónde se reencontró con la vida, sí, en todo el ancho y alto de la palabra vida. Colgada de su hombro, la cámara fotográfica pareció resucitar, recobrar el pulso y los latidos después de cierto letargo, al reconocer ilusionada la vida (¡vida!) que emanaba a borbotones por cada puerta de cada casa de adobe, en cada tela de color de cada mujer que caminaba, retando a los horizontes de arena. Su cámara renació, sí, sedienta de imágenes, al encontrarse la sonrisa de aquella niña pequeña, que se cobijaba del sol abrasador bajo el alero de una casa semiderruida. Y bajo el alero, satisfecha de sombra, sonreía al sentirse dichosa; sonreía sobre la desnudez de sus pies, y sonreía sobre las necesidades y las incertidumbres, y sobre las carencias sonreía. La niña pequeña y ociosa solicitó la cámara, la sostuvo y sopesó, merodeó sus mecanismos, y luego con determinación la elevó y comenzó a curiosear su mundo viéndolo a través del objetivo: su casa, sus paisajes, sus costumbres y sus gentes, sus amigos, el valor de un abrazo, la gratitud de una sonrisa, la recompensa que supone la más sencilla conversación sincera. Y la cámara y la niña se entregaban al retrato del mundo con una vitalidad tan frenética e insaciable, en tan simbiótica conjunción, que no pudiera decirse donde acababa una y comenzaba la otra. Yo, le dijo la niña, sonriendo, yo de mayor quiero ser como tú. Vida, vida, vida. Muchachos, muchachas, Sáhara, Senegal, incertidumbres y esperanzas. Juegos sobre la tierra quemada. Canciones de niños sobre los tambores de guerra.

Fue allí, en el desierto, donde tantos y tantos niños sueñan con ser mayores y con qué quieren ser de mayor, allí donde parece haber tan poco, adonde ella se fue casi sin nada y donde tantas cosas encontró. Y se vino, sí, sabiendo ya por qué se fue. Llegó con un buen puñado de fotos, una cámara alegre, cansada y agradecida, arena en los zapatos, y los mismos ojos curiosos de cuando niña, de cuando soñaba qué quería ser de mayor.

David Pérez Rego (Cato)

_MG_5344 _MG_5338 _MG_5340 _MG_5355

“¡Corred, corred, que viene el Siroco!” De repente, el revuelo y el alboroto invadían el campamento de Smara. El cielo azul y despejado, tal y como había amanecido, en cuestión de minutos se cubría de un espeso manto de arena amarillenta provocando voces en grito que anunciaban el fenómeno que se avecinaba y la gente corría para guarecerse en sus jaimas. Las luces del crepúsculo filtrándose por la fina y volátil arena del desierto teñían el entorno de un naranja chillón de los que se fijan en la retina hasta el inevitable final. Primero lo observé desde la ventana pero me fue imposible resistir la tentación del saber qué se siente en medio del famoso monstruo que se viste de arena. Viento fuerte pero arena muy fina que no lastima y hasta me permite hacer alguna que otra toma. Duró cosa de hora y media, y los responsables de seguridad de Smara recorrían el campamento para cerciorarse de que todo estaba en orden. Por suerte, esta vez el siroco no dejó víctimas ni destrozos graves a su paso. Final feliz con arena en los bolsillos y un objetivo “crackeante”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s